Nº1. Introducción, coro de mineros y seguidilla
Coro:
Ya del alba la sonrisa
en el cielo se divisa,
entre nieblas nacaradas
entre nubes de carmín.
Ya la sombra protectora
del que sufre, del que llora,
en las alas de la brisa
va volando hacia el confín.
Ya los tenues resplandores
van tiñendo de colores
el verdor de la campiña,
el azul del vasto mar,
y a través de la enramada
se oye el ave enamorada
de la luz del nuevo día
entonando su cantar.
Salga lumbre radiante
con tu luz vivificante
del trabajo el aureo templo
a quien sirves de dosel
caminando hacia su frío
hondo sótano sombrío
el minero te recuerda
que la muerte va con él.
Adriana:
No te ocultes
estrella de la mañana
amiga inseparable
de mi esperanza,
sol no la borres
que con su luz
se borraron mis ilusiones.
No te alejes aurora
fiel compañera
del corazón cautivo
que amores sueña.
No alumbres día
con tu luz los pesares
del alma mía.
Nº2. Romanza de Adriana y concertante.
Adriana:
Es verdad,
no me engañaba mi pecho
cuando decía que algún día
lo vería de nuevo volver a mí.
Pero al saber que se acerca
el anhelado momento
no se qué siento
mas siento
lo que yo
nunca sentí
¡Ah! Bien mío
llega por Dios
que feliz y anhelante
te aguarda
tu dulce amor.
Tío Tomás:
Es verdad
no se engañaba,
pues decía
que algún día
lo vería
y así es.
Pero al saber
que se acerca
el momento
se le sube
su contento.
Juan Antonio:
¿Qué es esto Adriana,
este viejo calamar?
Adriana:
Tío Tomás,
corre a decirle
que le espero
sin tardar.
Tío Tomás:
Pero muchacha…
a la mina quieres que suba?
Juan Antonio:
Jamás
Adriana:
¡Padre!
Juan Antonio:
Tú a casa.
Tío Tomás:
¡Y yo al puerto!
Estoy impaciente
la brisa faltó
mi gente
las redes tendió.
La barca me espera,
ya está aquí el ciclón.
Juan Antonio:
Estás impaciente
la brisa faltó.
Nº3. Terceto
Enrique:
Bendito sea cielo
que esta mañana
te pone ante mí.
Adriana:
Bendito sea el día
que tras de la ausencia
de nuevo en presencia
me pone de ti.
Teresa:
Dichosos aquellos
que se aman así.
Adriana y Enrique:
Bendito sea el astro
de origen divino
do luce el destino
que a las almas
gemelas da Dios
cuando difundiendo
su luz indecisa
en ellas realiza
el fecundo milagro
de amor.
Teresa:
¡Quién tuviera del astro
tan bello fulgor!
Enrique:
¿Lloraste mi ausencia?
¿Dudaste de mí?
¿Conservas las flores
que al irme te di?
Teresa:
Cuando sentía,
triste de mí,
una ilusión.
Enrique:
Besando su calor dorado,
temblando me viste jurar
de nuevo volver a tu lado,
llevarte a los pies del altar,
la venia soñada bien mío
mi madre llegó a conceder
y hablando a tu padre confío
la suya también obtener.
Adriana:
Pongo al cielo por testigo
que ese amor puro y sincero
tu Adriana, tierno amigo,
te sabrá recompensar,
pues mi vida, mi albedrío,
y el tesoro todo entero
que atesora el pecho mío
tuyos son sin vacilar.
Teresa:
Yo también el sueño abrigo
de un amor que considero
ha de ser el dulce amigo
que mitigue mi pesar,
pero siempre desconfío
pues tan puro y verdadero
como este no confío
que se pueda realizar.
Enrique:
Cuando vivas ya conmigo
y me mires prisionero
de tus brazos al abrigo
contemplando tu mirar,
yo te juro encanto mío
que ese fúlgido lucero
te ha de resultar sombrío
nuestra dicha al comparar.
Adriana:
Enrique yo te amo
con ardiente frenesí.
Los tres:
Benditas las almas
que se aman así.
Nº4. Concertante y final del primer acto. Zortzico.
Coro:
Escucha bella niña,
escucha la canción
que alegres entonamos
a tu feliz amor.
Dichoso aquel que logra
por siempre poseer
un alma tan hermosa
como la tuya es.
Adriana y Enrique:
Gracias amigos
vuestra salutación
la guardaremos siempre
en nuestro corazón.
Teresa:
Aquí tenéis muchachas
a nuestra amiga,
ya realizan sus sueños
en este día.
¡Quién como ella!
¡Quién como ella,
sus pobres ilusiones
lograr pudiera!
Coro:
Escucha bella niña
escucha la canción
que alegres entonamos
a tu feliz amor.
¡Quién pudiera algún día
tu dicha poseer
amar y ser amado
igual que tú eres!
Tío Tomás:
Aquí tenéis un buque
que llega al puerto
de modo que golpea
sus aparejos
y sin piloto
hasta el puerto se mete
y allí hace fondo.
Coro de mujeres:
Quien fuera también puerto
y viera fondear
un buque de tal porte
con una carga igual.
Dichoso el que lograra
tal dicha poseer
amar y ser amado
lo mismo que ellos.
Juan Antonio:
¿Qué es esto que veo?
El pueblo me insulta
con este cantar,
ninguno comprende,
sin duda, que ofende
con esas canciones
la paz de mi hogar.
Adriana:
¡Padre querido!
Juan Antonio:
Tu padre, no.
Enrique:
¡Cálmese anciano,
oiga mi voz!
Aquí en presencia del pueblo.
Yo siento la dicha
yo tengo el placer
de hablar y deciros
que adoro a Adriana
y amante pretendo
que sea mi mujer.
Coro:
El placer tiene
pues claro está
si ellos se adoran
a qué dudar.
Adriana:
Padre querido,
padre del alma,
del pueblo en presencia
con honda emoción
decirle yo debo
que adoro a mi Enrique,
que suya es mi vida
mi fiel corazón.
Coro:
Que ella lo quiere
bien claro está.
Los dos se adoran
a qué dudar.
Juan Antonio:
La calma me falta,
no sé cómo puedo
la rabia que siente
mi pecho callar.
Jamás yo consiento
que indignos amores
pretendan mis canas,
mi honor, mancillar.
Adriana:
¡Padre querido!
Coro:
Es un padre sin entrañas
que no tiene corazón.
Adriana:
¡Por compasión!
Enrique:
¿Qué es lo que escucho?
Oiga mi voz.
Juan Antonio:
Ven, hija ingrata,
yo te quería
y un buen consejo
te quise dar,
y aún tengo arrestos
para matar.
Nº5. Preludio del segundo acto
Nº6. Dúo de Adriana y Juan Antonio
Juan Antonio:
Para olvidar pesares
el cielo manda la noche oscura.
Para templar el alma
Dios ha formado la sagorona.
Adriana:
Para matar un cuerpo
se han inventado grandes torturas.
Para que muera un alma
no es necesaria alma ninguna.
Juan Antonio:
Así en la vida,
Adriana:
Así en amor
Juan Antonio:
Todo es mentira
Adriana:
Todo es dolor.
Juan Antonio:
El labrador tiene el aire,
el marinero tiene el mar.
El minero sólo tiene
la oscuridad.
Su triste destino
es padecer.
Su solo consuelo
es el beber.
Los dos:
Apuremos de este jarro
el contenido hasta el fin,
el trabajo de esta noche
lo pide así.
Juan Antonio:
También mi destino
fue padecer.
También mi consuelo
es el beber.
Dicen que el sino
tiene color de oro,
color de sangre,
siempre los dos colores
en que se estrellan
los miserables.
Adriana:
Las heridas del cuerpo
suelen bien pronto
cicatrizarse.
Las heridas del alma
siempre destilan
dolor y sangre.
Juan Antonio:
Así en la vida
todo es mentira.
Adriana:
Así en amor
todo es dolor.
Nº7. Romanza de Adriana
Adriana:
Mis sueños son un día
de primavera
purísimo y sereno,
cuyo espléndido sol
es la esperanza
y la ilusión hermosa
que alimento.
Mi realidad
es una noche fría
tenebrosa y callada
de la que son
las nieblas y las sombras
los dardos y los duelos
de mi alma,
el crepúsculo eterno
de mi vida
es su ensueño triste
que todas las mañanas
me despierta
diciéndome tu amor,
tu amor es imposible.
¡Ay madre de mi alma!
¡Madre, madre querida!
Madre de mi dolor,
¿Por qué cuando te fuiste
a la otra vida
contigo no fui yo?
Ay madre idolatrada
que desde el cielo
contemplas mi dolor,
mira qué desamparo,
qué desconsuelo
siente mi pobre amor.
Nº8. Mutación
Nº8 bis. Dúo-Balada
Enrique:
¡Oh, triste noche
que el mar inmenso
del firmamento
cruzando vas!
Abre a mi alma
tu amante seno
y oye el acento
de mi cantar.
Adriana:
Buscando voy
a mi amante
triste de mí.
Enrique:
De tu poder amante
acudo a ti
para que me concedas
lo que perdí.
Ms dulces ilusiones
de amor y fe,
el cielo de ventura
con que soñé.
Adriana:
Me guían mis ilusiones,
mi amor, mi fe,
pero esta noche oscura
muda se ve.
Enrique:
Cuando de nuevo
triunfal eleve,
sobre tu frente
su luz el sol,
haz que en el cielo
de mi esperanza
su luz esparza
también mi amor.
Adriana:
Mi valor desfallece,
¿quién viera luz?
Enrique:
Como el sol desvanece
su negro tul
haz que borren mis duelos
tan bella luz.
Noche, no me abandones,
ten caridad
aleja de mi alma
la oscuridad.
Adriana:
¡Que oscuridad!
Virgen, no me abandones
tenme piedad.
Da valor a mi alma
pir caridad.
Enrique:
Noche, no me abandones
por caridad.
Nº9. Coro y escena
Coro:
Sonó, sonó la hora
bajemos sin tardar,
la voz de la sirena
llamándonos está.
Mirad su ronco acento
parece repetir
tened, tened paciencia
sufrid, sufrid, sufrid.
Juan Antonio:
Bajad al abismo,
bajad sin temor,
la tierra no siente
las hondas heridas,
heridas que abrió
el azadón.
Las otras sí causan
profundo dolor,
aquellas que abre
el que mira
en un corazón.
Coro:
Sonó, sonó la hora
bajemos sin tardar,
las bocas de los pozos
llamándonos están.
Abiertos al abismo
parecen repetir
os tragaré algún día,
venid, venid, venid.
Juan Antonio:
Se va a despeñar,
es un marinero que ignora el camino,
es el Tío Tomás.
Muchachos, pronto hacedle venir.
¿Qué busca ese hombre
tan tarde en el monte?
¿Qué hará por aquí?
Coro:
Un marinero aquí en las minas,
cosa tan grande nunca se vio.
Tío Tomás:
Bueno muchachos,
pues ya está vista,
de mucho menos
nos hizo Dios.
Coro:
Un marinero que también canta,
Dios nos lo envía,
que cante pues
Tío Tomás:
Estos me tiran
dentro del pozo,
bueno muchacho
yo cantaré.
Un marinero:
Una copla de esas que se canta en la mar.
Tío Tomás:
Os quejáis de las minas
cuando son ellas lo mejor.
Buenas bodegas,
donde no azota
el vendaval.
Donde no entra
nunca el mar.
Coro:
Dicen que son las minas
buenas bodegas,
será por el buen vino
que ellas encierra.
Habrá tunante,
habrá bribón
todo lo toma
a diversión.
Tío Tomás:
Para minas
las minas que hay en los mares,
aquellas si que nunca
darán metales.
Si acaso existe
algún filón
es algún pulpo
o un tiburón.
Coro:
Dice que aquellas minas
no dan metales,
pero sí tiburones
y calamares.
Nº10. Escena final
Adriana:
¡Enrique!
Enrique:
No tengas temor.
Adriana:
¡Ay de mí!
No encontramos la senda.
Enrique:
Vamos por aquí.
Adriana:
Jesús, en las minas.
Enrique:
No tengas temor.
Adriana:
¡Mi padre!
Enrique:
Descansa.
Adriana:
Llamemos.
Enrique:
Mi amor,
ahora no es posible.
Después,
¡ven aquí!
Adriana:
Me asustan los truenos.
Enrique:
Entremos allí.
Adriana:
¿En dónde?
Enrique:
Refugio hallaremos.
Allá en tanto
pasa la tempestad.
Los dos:
Vamos allá
en tanto pasa
la tempestad.
Coro:
Dicen que los han visto
por allí correr.
Juan Antonio:
No te apagues relámpago,
lo quiero ver.
Julián:
Juan Antonio, no sigas,
ven aquí.
Los he visto,
se esconden, están allí,
en la vieja galería
que mandaste volar tú.
Juan Antonio:
¿Dónde?
Aldeano:
¡Virgen!
En el fondo del precipicio.
Juan Antonio:
¡Jesús!
