Los sabios doctores

Los sabios doctores (1918)

Género: Juguete cómico-lírico en un acto.
Texto: José Pérez López.
Música: Francisco Alonso.
Estreno: 16 de octubre de 1918, en el Teatro Novedades de Madrid.
Intérpretes del estreno: María Lacalle (Nati), Pilar Sigler (Cloto, orfeonista 1), Paula Cortés (Marina, orfeonista 2), Lolita Girón (Luisa, orfeonista 3), Clotilde Romero (doña Eduvigis), Maria Luisa de la Vega (una criada, tanguista), Ángeles Bermejo (orfeonista 4), Pepita Girón (tanguista), Vicente Aparici (Segundo Echagorry), Vicente Gómez-Bur (Emiliano), Julio Llorens (la chica), Manuel Alares (Calzadillo), Francisco Garrosi (Baranda), Manuel Cumbreras (Felipe el pantera), Federico Aznares (Luis el romántico, Piñuela), Daniel González (Calixto el tufos, Sarasterry – tenor), Tomás Codorniú (Calamarta), Mariano Toha (Cortina), José Vega (aprendiz, maestro y camarero). Escenografía: Tomás Gayo.

Argumento: En el primer cuadro, la acción se sitúa en un bar popular de Madrid regentado por Felipe el «Pantera» llamado el Bar Barilla. Allí acuden habitualmente un grupo de estudiantes de Veterinaria, entre ellos Emiliano, un joven que vive en vilo porque su padrino y protector, don Segundo Echagorry, le envía una generosa pensión mensual bajo la falsa creencia de que su ahijado ya es un reputado médico e ilustre doctor en la capital. El enredo se complica cuando llega una carta anunciando que el padrino viaja a Madrid. En paralelo, vemos la vida del bar: los timos callejeros de Calixto «el Tufos» y el divertido escarmiento musical que las camareras (Nati, Cloto, Marina y Luisa) le dan al caradura de Luis «el Romántico» por sus deudas, despojándole de toda su ropa a ritmo de chotis.

El segundo cuadro, para evitar que don Segundo descubra el engaño y le retire la asignación, Emiliano y sus compañeros deciden transformar la modesta casa de huéspedes donde viven en una ficticia clínica de enfermedades nerviosas. Obligan a la patrona (doña Eduvigis) a hacerse pasar por una enferma monomaníaca y a los estudiantes a actuar como enfermeros. La situación se vuelve hilarante cuando el padrino decide poner a prueba a su ahijado mandándole «clientes locos». El primero es Calamarta, un viejo actor compinchado con Echagorry, para darle una lección a Emiliano, que se presenta armado y haciéndose pasar por San Pedro, obligando a todos a ponerse a cuatro patas. La locura estalla definitivamente cuando irrumpe un orfeón vasco real enviado por un médico amigo de Arrigorriaga; Emiliano, convencido de que son alienados peligrosos, desata una batalla campal a base de almohadazos.

El desenlace sucede en el tercer cuadro en la terraza de verano del Palace Hotel. Nati, una de las camareras del primer cuadro, debuta esa misma noche como cupletista bajo el nombre artístico de «La bella Ciclón», y está ensayando una pícara tonadilla. Don Segundo Echagorry, que ha ido al hotel a divertirse a espaldas de su mujer, coquetea con ella y planea usar el dinero de la pensión de su ahijado para patrocinarla. Tras una serie de encuentros cruzados, equívocos y un accidentado combate de lucha libre donde terminan involucrados los estudiantes y el personal del hotel, las mentiras de Emiliano salen a la luz. Finalmente, el padrino decide perdonarle la travesura y mantenerle la ayuda con la condición de que termine de una vez sus estudios… aunque sea para terminar curando animales en lugar de personas.

La crítica parece describir un libreto ya manido, el de un padrino que le paga la vida a un jeta y al que hay que engañar como sea cuando vienen de visita. Aún así destacamos estos dos fragmentos: «Al finalizar los tres cuadros, el telón se levantó varias veces ante los insistentes aplausos del público, y al terminar la representación, los autores salieron muchas veces al palco escénico. La partitura del maestro Alonso es, como toda la música de este joven y notable compositor, alegre, inspirada y fácil». «En la música del maestro Alonso hay dos números muy bonitos y que demuestran que su autor domina la técnica, ligada íntimamente con una inspiración sana y honrada. Ambos números, el del orfeón y el cuplé, fueron repetidos».

Alonso llevaba ya desde marzo de 1911 en Madrid y, aún después de siete años, seguía obligado a componer para algunos libretos de escaso valor. Su música, sin embargo, empezaba a ser reconocida, como en el caso del chotis «Oye Nicanora» de su obra De Madrid al infierno y solo faltaba un año para que el pasodoble de la banderita inundara literalmente los cánticos diarios de todo Madrid.

La obra llegó a las 35 representaciones en el Novedades.